lunes, 11 de octubre de 2021

31, me acompañé

 

Cada año en mi cumpleaños escribo un post en este blog, comparto reflexiones sobre el nuevo año de vida, los retos, las idas y venidas del nuevo año. Los 31 me trajeron una pausa creativa, un exceso de trabajo y una serie de fotos. Una semana después escribo estas líneas.

 

Lo importante de llegar a los 31 fue que nunca en 31 años había pasado ese día conmigo misma, acompañándome, abrazándome, festejándome.

Cada año, buscaba la forma de reunir amistades y familia, en ocasiones amontonaba todo para ver a todo mundo, era un caos muy bien planeado. Este año, no lo quería.

Decidí pasar el inicio de los 31 conmigo misma, si no estoy bien conmigo cómo estaré bien para mí y con las demás personas. Así he decidido vivir mi vida, conmigo misma, más allá de las amigas, de la compañía sexo afectiva, de la familia por decisión, las personas van y vienen, pero yo estaré conmigo misma siempre.

No fue sencillo, ¿cómo que vas a pasar ese día sola?

Me puse perfume, estrené un saco y me fui por un gin y pastel.

La noticia que no tenía un plan, reservado algún lugar, tema para la party, sorprendió a muchas personas, al enterarse que pasaría conmigo misma el mero día desató una serie de mensajes y llamadas para asegurarse que estaba en verdad bien, muchas personas se ofrecieron a dejar sus planes y acompañarme, me preguntaron si me sentía bien, si la estaba pasando mal.

Gracias por su preocupación, estaba bien.

¿Cómo es llegar a los 31?

Por años siempre me dijeron que tenía que estar acompañada, de una u otra forma siempre lo he buscado, pero llegué a la edad donde me exigían indistintamente que decidiera mi compañía, estoy en la edad en donde estar sola está mal.

Los 31 me recibieron con una desviación en la rótula izquierda lo que me tuvo mal-lenta-adolorida por unos días, entre el enojo y la tristeza de no poder correr como lo había planeado para este año, me recibió en terapia, un año exactamente de cambiar de psicóloga donde me he cuestionado el propósito de mi vida, cómo llegar a ese propósito, he abrazado a la yo adolescente, he llorado, me he reconciliado con mi cuerpo y muchas más cosas.

El año me recibió con nuevos planteamientos, con mensajes que nunca llegaron y que agradezco que no llegaran, empecemos a apostar por relaciones sinceras, por abrazos cálidos y deseados, por copas que chocan para brindar desde el reconocimiento, la confianza, la amistad, la complicidad, lo recibí con pastel y sí, también con festejos que se van a prolongar durante el mes.

Los últimos años han sido una reconstrucción total, en muchos aspectos, una amiga fotógrafa me decía que justo la cámara capta lo que no vemos de nosotras, y eso vi en las fotos de este año, veo a una Angie distinta.

Me siento bien, lloro, me enojo, se me apachurra el corazón, me frustro, sueño, idealizo e intento escucharme más.

Llego a los 31, respirando.

Llego conmigo misma.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Soy, fui, ¿seré?, machista

 

Primer acto: reconocer.

Fui machista.

Durante varios años lo he sido, ahora, me avergüenza, reconocerlo es importante porque me hace al menos, más honesta conmigo.

En muchos espacios he dicho que también yo he sido (seguramente sigo siendo) machista, ahora más que machista creo que como mujer con privilegio ejercí opresión frente a otras mujeres.

Adopté características masculinas de poder para competir con otras, para tener la aprobación y validación de quienes estando en el poder me decían que era la única mujer que aceptaban en su grupo.

Y lo fui, lo fui por varios años y me sentía orgullosa de serlo. A las que llegaban las asustaba, las apartaba, y ejercía en ellas todo el poder que ellos ejercían en mí para demostrar que yo era la aceptada en el grupo.

Reconocimiento era lo que quería, quería lo que ellos tenían, respeto, me negaba a ser vista como la mujercita.

Me recuerdo así, de por sí ya tenían varios años usando el cabello corto, mi vestimenta era lo que podemos dentro del estigma decir masculina, pero mi actitud también, demostrar que no me cansaba, que sus comentarios misóginos me daban igual, que podía beber (alcohol) en las mismas cantidades que ellos, de hecho, llegué hacer chistes misóginos sobre la cerveza light.

Y desde mi privilegio las veía, para mí no había lugar para que una mujer se quejará, tenía todo a mi alcance, ejercía un poder prestado que debía cuidar, buscaba a toda costa ser más como ellos y menos como yo, ¿cuántas veces no hice daño a una mujer por subir?

Me lo creí, cada que un nuevo grupo de mujeres llegaba con la esperanza de poder pertenecer me encargaba del chisme, de la presión, de poner el apodo que denostara que ellas iban a servir y yo era la jefa, una jefa sin poder, pero en ese momento no lo sabía. Y, pese a todo lo que había hecho seguía sin ser del círculo de confianza, ese donde estaban ellos, el primer círculo, me negaba a ser la novia o pareja, debía esforzarme más.

Pero ese poder nunca llego, el poder debía permanecer entre ellos y así fue.

 

Segundo acto: reflexionar-llorar

Años después en diversas actividades volvimos a coincidir, pero la culpa era mía, yo era la envidiosa, la de los celos, la que no sabe trabajar con mujeres, para ellos fue más fácil culparme por no jugar en el juego del poder.

Me lo creí, me creí que la culpable era yo.

Lo que no veía era la opresión, no pensaba que eso era violencia, estaba terminando una carrera universitaria, no era racializada, ni tenía alguna discapacidad, talvez no cumplía con sus parámetros de belleza, y como entendía en ese momento el feminismo era tomar el poder por el poder.

Algunos años después, coincidimos varias personas en la inauguración de un lugar, por whastapp nos escribimos para ver la hora y eso, pero entre los mensajes salió a colación el apodo con el que nombra a algunas de ellas –en ese momento- novias de varios de ellos, me rompí en el coche antes de llegar, me dio un ataque de nervios.

¿Cómo podía en ese momento nombrarme feminista si había causado tanto dolor?, ¿cómo podía decir que trabajaba por los derechos de todas?, de falsa e impostora no me bajaba.

Abracé ese dolor, reconocí los muchos errores y busqué-busco la forma de seguir sanando, en el camino me di cuenta de las reglas impuestas por ellos en el poder y que yo tenía que seguir al pie de la letra para seguir en el juego, ellos no juagaban con esas reglas, pero si nos condicionaban, debes ser la mejor porque eres y serás la única mujer en el equipo.

Intenté desde un mal entendimiento de la sororidad hacer las paces conmigo y con las otras, pero me quedó corta la definición. No buscaba hacer amigas, buscaba poder trabajar, colaborar, coordinar, desde las diferencias para lograr puntos en común.

La sororidad no era lo que me habían venido, no era la amistad eterna, la sororidad es la alianza crítica política para encontrar en las diferencias las similitudes y llegar a construir desde los acuerdos políticos, un poder político que solo entendían –hasta ese momento- desde lo masculino.

Tomar el poder y transformarlo en femenino ha sido uno de los mayores retos de mi trabajo, pero será sin duda la oportunidad de pensarme como mujer con las otras para las otras sin violencia.

Hay días que los recuerdos de esos años me persiguen, aparecen como escenas de película muda, me veo, nos veo.

Seguro hay un tercer acto, seguramente me sigo disculpando a mí misma de todo.

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