domingo, 27 de noviembre de 2011

Una lucha entre lo que nos enseñaron y con nosotros mismos

Dedicado al 43.7% de las mujeres aguascalentenses víctimas de violencia (ENDIREH 2006)


Desde niña nos han enseñado a obedecer, a ser educada y bien portada, a servir, llevar a la mesa y ayudar en las labores domesticas, aunque solo tuve un hermano varón, me vasto para ver la diferencia; tíos, primos y hasta un padre, no machos, pero si controladores.
Una maestra dijo un día, que “en casa de machista nace feminista”, y tal vez lo fue así, o tal vez estas ideas se me “pegaron” al pasar los años y escuchar a esas mismas “viejas”, como mi padre las llama, que en cátedras de vida y sabiduría proclaman una libertad.
Una mañana al escuchar las noticias, uno de los personajes que entrevistaban señaló que ahora él se sentía discriminado, por mucho tiempo hemos dado voz y derechos a las minorías, viejos, niños, indígenas, tribus, minusválidos, mujeres, ¿y los hombres?, se preguntó, deberíamos exigir nuestros derechos.

Esta declaración, no es sorpresa para muchas y muchos, al contrario, el hombre ahora es violentado cuando desde el origen, el poder, el control y el dominio lo tiene él y lo que hace es permitir que los otros tengan un espacio o al menos se reconozca su derecho natural.

En pleno siglo XXI una de esas minorías sigue siendo la mujer, primero fue una lucha por la igualdad y el equilibrio en los roles, ahora como consecuencia de esto vivimos en dobles jornadas, perdimos el corsee, pero ganamos un portafolio con guantes de cocina.
“Por eso yo no busque una profesionista, son pedantes”, me comentaron en una ocasión, no se requiere de un puño para ejercer violencia en este siglo, pero tampoco se requiere ser ignorante, vivir en un sector marginado o contar con un grado de doctorado para ser victima, como tampoco se requiere ser esposo o jefe para ser victimario.

Somos iguales, pero también distintos, ¿Por qué ocupar la violencia?, ¿para callar, para controlar?.
En pleno siglo, con adelantos tecnológicos, científicos, la sociedad, mi sociedad sigue padeciendo uno de los males más atroces, la violencia. Vi la violencia con mis propios ojos, la vi económica, física, psicológica y hasta emocional, grite, reclame e intente ayudar, pero nada de eso fue suficiente.
La violencia es dura para la mujer, pero también lo es para los hijos, solo con educación de equidad y sin violencia lograremos erradicar este cáncer de nuestros hogares y de la sociedad en general, la violencia contra la mujer persiste, no se hereda, pero si se enseña a ser victima y también se enseña a decir alto.

Las mujeres tenemos derechos a una vida libre sin violencia, alcemos la voz y digamos hasta aquí.

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