La pastilla


 Esta es la primera vez que cuento esta experiencia, el recuerdo llegó a mi hace poco, hasta hace poco comprendí lo que había significado para mí.


No recuerdo si tenía 19 o 20 años, recién empezaba mi vida sexual con un novio en aquel entonces de la universidad, todo me parecía nuevo y lo disfrutaba poco –duele confesarlo ahora- cada que nos besábamos, que me penetraba, que lo sentía recordaba las frases de las monjas “tu cuerpo es para servir a dios”, lo que me decía mi madre de no salir con un domingo siente, de lo mucho que criticaron a las vecinas de toda la cuadra que “salieron” embrazadas cuando estaban apenas en la secundaria o prepa.

Era una buena hija católica de educación sexual nula, un miedo a lo desconocido.

En una de esas veces, a mi pareja se le salió el condón, ahora que lo pienso la verdad no sé si lo que hizo fue quitárselo antes, no me di cuenta y no lo mencionó (a esa práctica de violencia sexual se le conoce también como Stealthing), cuando me di cuenta para mí todo había acabado.

Recuerdo que empecé a llorar, le decía que había quedado embrazada, que eso pasaba por no tener cuidado, que eso me pasaba por no fijarme -recuerdo que me culpe mucho-, nos vestimos y fuimos a una farmacia, todo el camino le dije que le acelerará, necesitaba una pastilla del día después, buscamos una farmacia que quedará lo más retirado de donde ambos vivíamos para no ser identificados por personas vecinas, al llegar no me quise bajar, tenía tanto miedo que lo mandé por las pastillas, regresó con una cajita y una botella de agua, sarcástico me dijo mira y te dan la botella de agua porque saben que es una emergencia, no me hizo gracia.

Las horas que continuaron fueron terribles, nunca había sentido tanto miedo, trataba de ocultarlo, pero me era imposible, las reacciones de la pastilla son de lo peor que he experimentado, algo había entrado a mi cuerpo, emocional, física, mental, anímica, todo estaba mal, la segunda pastilla como reloj, todo empeoró.

Estaba sola, no podía contarle a nadie porque era un pecado, ¿qué dirían de mí?, ¿de mi descuido?, ¿un hijo a mis casi 20?, ¡sin terminar la universidad!, sin un trabajo, ¿y si las pastillas no funcionaban?, ¡no podía tener ese hijo que no quería!

Las 48 horas que siguieron después de las pastillas los síntomas continuaron, más allá de lo físico, eran emocionales, como quería que pasaran las horas y se convirtieran en días para tener mi periodo y volver a respirar normal, saberme libre.

En esos años la palabra aborto ni siquiera se mencionaba, sabía que era algo muy malo que asesinaba mujeres estilo “El crimen del padre Amaro”, ¿dónde iba a encontrar a alguien como en la película?, ¿y si moría?

Mi educación sexual era igual de mala, la palabra coito llegó a mi casi hasta tercer año de secundaria, sabía de dónde salían los bebes y que era resultado de la unión (haciendo referencia al matrimonio, claro) entre una mujer y un hombre, pero hasta mis casi 15 años entendí a que se referían con “unión” 

Para mí la opción nunca existió, ni siquiera se mencionó la mínima idea de decidir sobre mi maternidad. No sé que hubiera pasado si las cosas se hubieran dado de otra forma, no lo sé y no quiero saberlo. La decisión de la corte me llegó como un alivió, ya no por mí, sino para cualquier mujer, educación sexual, aborto legal seguro y gratuito y nunca más una mujer o persona con capacidad gestante en la cárcel por decidir.

 

 

 

 

 

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