Cinco escenas, una pausa.

 


Primera escena

Extrañaba pasar mis dedos sobre las teclas mientras la pantalla brilla y la lista de música se reproduce, recuerdo que desde muy joven las palabras han fluido, he tenido mis momentos de mayor o menor creatividad, encontrar un rincón para expresar y otras tantas para desatorar lo atorado.

Había ocasiones donde la noche fue mi mejor aliada, otras al no tener un “cuarto propio” (claro, ya cuestioné el cuarto propio como privilegio para la creación) me resguardaba en un rincón dentro del baño de mi habitación, era el lugar más callado en aquellas noches de euforia familiar.

Hace un mes dejé de escribir para mí y dejé de compartir para ustedes, me saturé.

Me saturé, no sólo por una agenda con muchas actividades, sino porque era mucha la información que tenía en mi cabeza, mucho lo que sentía en mi corazón.

Pausa.

 

Segunda escena

Y entonces me vi, caminando despreocupada un sábado a mediodía en pantalón deportivo y chamarra de mezclilla, con la cara lavada, bolsa de manta, cubre bocas de colores, fuimos a almorzar.

El aroma a cerezas, café de olla, la risa cómplice, los murmullos de las personas, el sabor de la salsa, las personas caminando en sentido contrario.

Lento, todo va lento.

 

Tercera escena

Esa noche estábamos tomando unas cervezas, me preguntaron –a mí me pareció más una afirmación- te gusta ser pública, “lo disfrutas”, se equivocan.

El constante deber ser es una carga impuesta, nadie te pregunta “oye tú, quieres que te estén preguntando a cada rato por qué haces, o no haces, escriban cosas contra ti en redes y murmuren, no, nadie me preguntó.

Vivimos bajo un constante “deber ser”, todas las personas, aunque claro, nosotras lo cargamos doble o triple, no, estimable persona que lee esto, no es una queja, amo lo que hago, lo desgastante es, la regla o termómetro –elija su instrumento de medición favorito- con el que contantemente te observan, te califican, te miden.

Hace más de un año llegue a terapia preguntándome cuál era el propósito de mi vida, las personas me decían que era uno u otro, o todo y nada ¿yo?, yo no sabía lo que quería.

 

Cuarta escena

Tengo que confesar que tengo miedo, claro, volver a empezar, conocer, saber, probar, saber cuándo se está bien y cuando no tan bien.

Tener que dialogar, ¿y si dejo de ser yo? Y si me olvido de mí, ¿y si me vuelvo a romper?

 

Quinta escena

Pienso en la palabra sororidad, como verbo, sustantivo, como artículo, como objeto de consumo, como ideal, como esperanza.

La sororidad no se logra únicamente con decirte “hermana” pero dudas de su denuncia, la sororidad no se pone en pausa cuando le crees más al agresor, no le crees, subestimas o la miras de arriba hacia abajo –la barres- por cómo anda vestida y lanzas el sutil: andas provocadora.

Le decían sororidad, pero mi sororidad no se resume en decir en un grupo de whatsapp “las amo”, para mí la sororidad es una alianza para lograr acuerdos políticos (usamos el político, pero NO con fines partidistas)

Los meses han transcurrido desde que entendí que elegir mis luchas es también un acto político y de autocuidado, que la sororidad debería de ser el principal acuerdo político entre nosotras y que debe construir desde la comunicación, empatía, transparencia y sin romanización por que hoy más que nunca, debemos dejar los discursos románticos de “amor sororo” y pensarnos como un grupo de mujeres diversas.

 

Pausa final

Retomo las letras en la recta final de este año, aún nos queda mucho por compartir.

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